“El mundo es de Dios y se lo alquila a los valientes” Aburridos y desconsolados por el mal clima vagábamos sin horarios por las calles de Puerto Natales. Ansiosos revisábamos los pronósticos meteorológicos en busca de una disminución en las lluvias y el viento que nos permitiera incursionar en las Montañas.
El día llegó, veíamos que habría una tregua de 1 día, era nuestra oportunidad. Mochila al hombro nos internamos en el Valle del Silencio con la ilusión de encontrar las paredes practicables. Dormimos en la Cueva Bonington y muy de madrugada asediamos la Torre Norte del Paine a través del corredor de hielo que lleva al Col Bich. El clima estaba inestable: noche ligeramente estrellada y amanecer nublado, aún así emprendimos los largos de hielo y mixto sin reparar en el clima hasta que el frío intenso de casi 10 grados bajo cero nos hizo recapacitar. Afortunadamente la motivación fue más fuerte que el viento y continuamos escalando en medio de inmisericordes ráfagas de viento que amenazaban con arrancarnos de la pared y llevarnos como hojas secas hacia las aguas del Estrecho de Magallanes.
Nicolás Giraldo, Santiago Zuluaga, Luis Pardo y Julio Bermúdez. El equipo colombiano frente a las Torres del Paine.
Durante las 11 horas de escalada continua por la pared de roca solo tuvimos al menos 3 o 4 horas de sol sobre nuestros entumecidos cuerpos, durante el resto se trató de una lucha constante por mantener la temperatura con pasos de escalada y movimiento constante.
En la cumbre una densa nube gris nos recordaba el clima patagónico y como era de esperarse, durante el descenso esa nube desató una fuerte tormenta y nos hizo imposible escapar. Luego de un cruel vivac, salimos hechos trizas de la montaña rumbo al Campo Base. Allí, sentados frente al infiernillo, Julio pregunta: ¿Cuál ventana de buen clima vimos?.
Lo importante es que “el mundo es de Dios y se lo alquila a los valientes”, y las oportunidades hay que agarrarlas cuando se presentan, y si no llegan… hay que mandarse de cabeza que de alguna forma saldremos victoriosos, sin importar la cima.
De madrugada el equipo asciende por el corredor de nieve de la cara oeste.
“¡Un paso más!”
Asomaban tímidos rayos de sol al amanecer sobre nubes desgarradas por el viento mientras escalábamos por un empinado corredor de hielo que terminó con un par de largos mixtos hasta el collado entre las Torres Norte y Central del Paine. Decidimos tomar un descanso para beber y comer. Nadie hablaba. El viento rugía. El frío aminoraba nuestras fuerzas. La moral perdida.
De la mochila sacamos la botella de agua y resultó ser un bloque macizo de agua congelada. Un chocolate blando, tan congelado como hierro a la intemperie, fue imposible de tragar, hubo que escupirlo.
Venían ahora los largos más exigentes de la vía, casi 100 metros de granito vertical surcado por estrechas fisuras que requerían técnica, fuerza y destreza para superarse. Con las condiciones climáticas que teníamos, nadie decía nada, pero a todos se nos pasó por la mente abortar la escalada. Era una opción muy posible, pero en medio de la crisis… vamos por “¡Un paso más!”
Santiago se ata la cuerda y arremete feroz de cara al viento superando placas y desplomes en constante lucha por mantenerse a salvo. Desde abajo entendimos que ese paso de más, significaba el éxito de todo nuestro viaje, así que sin dudarlo y duplicando las fuerzas que creíamos perdidas continuamos la escalada con pasión desenfrenada por esas altas cumbres patagónicas que tanto cuesta alcanzar.
Durante el largo crux de la vía Monzino en la Torre del Paine. Abajo el Col Bich separa las caras este y oeste.
“Vive el presente como lo recordarás en el futuro”
Eran las 3 de la mañana cuando la montaña nos cerró la única vía de salida que teníamos. Ya nuestros cansados cuerpos no coordinaban más que pasos torpes sobre la nieve blanda y mojada mientras la tormenta se enfurecía sobre el macizo del Paine y las paredes devolvían, cual si fueran ecos, las fuertes embestidas del hielo sobre nuestras angustiadas almas abandonadas al vaivén del viento patagónico.
El empinado corredor de hielo por el que subimos 30 horas antes, ya no estaba formado y ahora tendríamos que encontrar otra forma de escapar, pero la noche sin luna imposibilitaba cualquier navegación por las empinadas laderas. No teniendo más opción, tuvimos que sentarnos sobre un pequeño hombro de roca mientras llegaba el albor.
La pequeña cumbre solo da espacio para una cordada. Subimos por turnos.
Junto a Nicolás permanecí casi 3 horas de pie en un estrecho rellano, soportando los fuertes azotes del viento congelado sobre mi espalda y luchando por mantener la circulación en mis dedos de pies y manos. Increíblemente, disfruté del momento al pensar que esa noche la recordaría como una de las grandes experiencias de supervivencia en mi vida. Vino a mi mente aquella frase que siempre me ha ayudado en las situaciones difíciles: “Vive el presente como lo recordarás en el futuro”. Efectivamente ese momento lo recuerdo con orgullo y contento de haber tenido experiencias de vida que fortalecen y preparan mi espíritu para continuar en mi trasegar por las montañas. Y así también lo viví aquella noche, perdido en un rincón de la Patagonia chilena. ![]()
Fotos: Nicolas Giraldo
Texto: Luis Pardo
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Este articulo hace parte de la colección especial que recopila y celebra los más de 10 años de la Revista La Piola. Fue publicado originalmente el 19 de Abril de 2017 en la Revista La Piola edición impresa #33.
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