En diversos ascensos a la parte alta de los Farallones de Cali, siempre observaba hacia el sur oriente una “pequeña” elevación volcánica, que con más de 4,600 metros y su fumarola elevándose hacia el cielo, me generaba una fascinación indescriptible. Lo que no sabía entonces era que ese volcán es apenas el inicio de una ruta muy desafiante y poco transitada en Colombia: la Cadena Volcánica de los Kokonukos.
Esta formación geológica se extiende hacia el extremo oriental del departamento del Cauca, conectando catorce cráteres volcánicos desde el Puracé hasta el Pan de Azúcar haciendo parte de la llamada Caldera del Paletará. No recuerdo un momento específico en que me decidiera a ir, creo que fue por la aventura misma, el deseo de estar ahí, de contemplar, de conocer esos espacios donde la tierra todavía respira. Había tenido la oportunidad de subir a otras montañas y la idea de caminar por un gigante del sur me llamaba la atención. Solo sabía que se trata de una ruta atravesando paisajes de páramos y arenales interminables, el camino no está marcado y la información es escasa.
Campamento en el Paletará.
Hace dos años, en nuestro primer intento un grupo de amigos y yo partimos con la ilusión del que desconoce el camino: con mucha esperanza y sin tanta experiencia. Decidimos realizar la ruta calculando una sola jornada de 20 a 25 horas. Nuestro primer vistazo fue increíble, fumarolas a solo unos metros, un cráter que parecía que nos iba a tragar. Logramos avanzar hasta una planicie entre los volcanes Paletará, Calambá y Quintín, donde se encuentra una lagunilla a 4400. Ahí evaluando la hora y el esfuerzo tomamos la decisión de regresarnos. La realidad nos abofeteó. La montaña nos estaba diciendo: “Aún no es tiempo”.
Amanece en los Kokonukos.
Un año después volvimos más preparados, con mejores equipos, más comida, y mayor conocimiento de la ruta. Pero esta vez, el clima nos deparaba otro desenlace. Los vientos eran violentos y aún con la ropa de usamos para cimas nevadas, todavía sentíamos mucho frío. El paisaje también había cambiado por la mayor actividad volcánica, nuevas grietas que bajaban por el Curiquinga y una especie de arcilla formada por la ceniza y la lluvia que se apelmazaba en el zapato dificultaba caminar. Llegamos al campamento base a 4400 metros, junto a la laguna de la primera vez que se convirtió en el lugar de descanso. La idea era salir a las 3:00 am para intentar la cumbre del Pan de Azúcar, pero no salimos. El clima en la tarde y noche fue lluvioso y no queríamos arriesgar de más. Nos miramos, cansados, y sin palabras acordamos: “Será para la próxima”.
Ese segundo intento me hizo pensar en algo que todavía no puedo describir del todo. La energía era muy intensa: el clima, el viento, la tierra misma, todo se sentía muy hostil, nunca lo había sentido en otro lugar. Hay que estar dispuesto a la incomodidad para caminar en tierra de volcanes, es simplemente la naturaleza siendo sincera.
Laguna turquesa dentro del Cráter Curiquinga.
Llegó la hora de planear de nuevo la ruta. Esta vez seríamos una cordada de 5 personas, entre ellos algunos que ya habían tenido la oportunidad de recorrer los territorios altos de los Kokonukos cuya experiencia fue clave para el éxito de la expedición. La aproximación la iniciamos a 3000 m desde la casa familiar de uno de los integrantes, debido a que el ascenso al Puracé se encuentra restringido y no existen facilidades de transporte o alojamiento en las proximidades del Volcán. Nuestra expedición fue técnicamente “clandestina”, pero el respeto y devoción que llevábamos en el pecho no necesitaba permisos burocráticos. Además el volcán había bajado de alerta naranja a alerta amarilla; la que se ha vuelto su estado habitual.
La primera jornada desde la finca hasta el campamento base fue de 13 horas con unos 1700 metros de desnivel. Tener de frente nuevamente el Puracé en todo su esplendor fue rememorar lo vivido y agradecer el presente. En el lapso de meses anteriores por la actividad en este caso del Curiquinga se había formado una laguna azul turquesa bellísima en su cráter. El sábado, a las 3:00 AM con la linterna frontal iluminando apenas unos 3-4 metros adelante por el viento y la neblina nos dispusimos a iniciar el intento a la cumbre del Pan de Azúcar.
Amanece sobre en dirección al Puracé.
En el recorrido fuimos tomando las decisiones que creímos las mejores para llegar, no había un sendero o ruta marcada de ascenso, hubo momentos de debate, sin embargo, la unión del grupo mantuvo la brújula intacta. Recorrimos El Quintín, el increíble Valle de las Momias -un lugar lleno de formaciones rocosas que parecen personas petrificadas-, los cráteres Lagunares del Shaka, rodeamos el Killa y el Machángara. El punto crítico fue descender un estrecho cañón rocoso que separa el Pan de Azúcar de los otros volcanes. Finalmente, la montaña nos permitió hacer cumbre. No puedo explicar la felicidad. Éramos cinco amigos que habían intentado esto varias veces antes, que habían cargado 25 kilos sobre sus espaldas, que habían soportado la ventisca y la duda. Y ahí estábamos. En lo personal a pesar del frío, me di la oportunidad de no luchar contra él, sino de aceptarlo, las manos rojas entumecidas y el rostro mojado eran testigos del camino, de la perseverancia y del ahora, de un frío que abriga.
Recuerdo especialmente un momento en la cumbre que al admirar el paisaje cubierto por millones de rocas volcánicas dispersas por doquier, no pude evitar pensar que esas rocas alguna vez estuvieron dentro de la tierra, en las entrañas del planeta, y un día salieron expulsadas por la fuerza de una erupción. Caminar sobre ellas es caminar sobre la historia viva del planeta. Ver los gases salir del suelo, sentir el reconfortante calor, oler el azufre intenso que impide la respiración, es sentir que el planeta está vivo. Uno sabe que la tierra se mueve, que todo está en constante transformación, pero sentirlo realmente es otra cosa: es fascinante.
Cerro Killa y Lagunas del Shaka.
El material que sale de estos volcanes crea vida. Las tierras del Cauca, en el macizo colombiano son tan fértiles gracias a esos minerales. Al frente de esta cadena volcánica está el Nevado del Wila, una majestuosa y mística montaña. También hacia el occidente nace el río Cauca. Todo está conectado, girando, viviendo en torno a estos gigantes de fuego.
A las 4:00 pm regresamos al campamento base. Habíamos caminado 13 horas. Nos sentíamos bien y decidimos arriesgarnos; bajaríamos directo hasta la finca en lugar de quedarnos otra noche. El descenso lo haríamos por un camino diferente de por donde subimos, por un “atajo” que bordea la cara norte del Puracé. Bajamos, bajamos y bajamos. Llegamos a la finca a las 12:30 am del domingo, sin energía, pero con el corazón llenito. Fueron 21 horas de jornada continua donde las rodillas y las plantas de los pies pedían clemencia. El lunes fui a trabajar sin apenas fuerzas. Tardé una semana completa en recuperarme.
Amo la montaña. Si bajando de Pico de Pance o de Kuman me preguntan:
-¿Cuándo volvemos?-, respondo: -¡De una!-
Pero bajando del Puracé, mi respuesta sería:
-“Aún no”-. Quedé un poco saturado mentalmente de esa ruta. No sé por qué, pero es así. Quiero volver, sí, pero no pronto.
Sobre el borde del cráter del Volcán Puracé.
Recorrer la cadena volcánica completa requiere experiencia y disposición a la incomodidad física y mental, pero independientemente de si se logra la cumbre o no, estar ahí es ya un privilegio. Si el Alejo de hoy se encontrara con el Alejo que está por empezar la caminata le diría: “Ve con la disposición de recibir lo que la montaña te dé, con todo lo que eso implique, siempre en búsqueda de la aventura”. Porque al final, eso es lo que queda: haber estado ahí, haber sentido la tierra viva bajo tus pies, haber caminado entre gigantes que están despiertos y hoy respiran fuego.
Agradecimiento total a mis compañeros de cordada: John, Kevin, Brian y Camilo. Nada de lo que hicimos hubiera sido posible sin la unión, firmeza, perseverancia y pasión que llevábamos por bandera. ![]()
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